No a los Combustibles Fósiles

El Futuro Será lo que Hagamos de Él

Jason Godesky / Tribu de Anthropik. Editado para una mayor legibilidad por Stop Fossil Fuels.
#30 of Thirty Theses
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En su “Discurso Ocasional sobre la Cuestión Negra”, mientras argumentaba para la reintroducción de la esclavitud, Thomas Carlyle jugó en los términos de Nietzsche, “la ciencia feliz” y nos dio el título peyorativo de la economía: “la ciencia tenebrosa”. Carlyle usó ese mismo término cuando escribió sobre las teorías de Malthus, llamándolo, “Sombrío, apático y horrífico, sin esperanzas por este mundo o el que sigue, sólo le importa la revisión preventiva o la negación de la revisión preventiva”. En El Colapso de las Sociedades Complejas, Tainter se preocupó de que su idea de complejidad sujeta a los rendimientos decrecientes se tomara como heredera al título su economía arqueológica. La idea de que no estamos en control de nuestro destino nos deprime. Nos rebelamos en contra del determinismo no porque podamos probar que es falso, pero porque nos asusta pensar de nosotros mismos como engranes en una maquinaria que está más allá de nuestro poder. Estos parecen sombríos en sus predicciones de colapso inevitable y un futuro creado por las fuerzas deterministas y materialistas más allá de nuestro control. No deberían de ser así. Esto sucede, como otra traducción de la frase original de Nietzcshe decía “conocimiento que mejora la vida”. La gran moraleja de esta historia no es que nuestras vidas están sujetas a los rendimientos decrecientes, pero de que el futuro será lo que hagamos de él.

Durante milenios, las civilizaciones han luchado por explicar el misterio del estilo de vida “superior” que crean, y a través del tiempo y espacio la culpa ha sido apiñada consistentemente en nuestro naturaleza defectuosa y pecadora. Bajo esta perspectiva, nuestra miseria no es nuestra culpa; se debe a que sencillamente nos hicieron defectuosamente. Esta visión es muy sombría. Está en nuestra naturaleza ser miserable y no podemos escapar de ello. Aun así, las culturas que sí viven felizmente se posicionan como un testamento vivo en contra de ese pretexto. Viven bien y felizmente y lo han hecho durante decenas de miles de años. Su mera existencia demuestra que los humanos somos defectuosos. No estamos condenados a la destrucción o la infelicidad eterna.

El colapso no siempre fue inevitable. Es la consecuencia de la vida agrícola. Cuando decidimos vivir de esta manera, sólo entonces el colapso se volvió inevitable. La forma en la que optamos por vivir tiene consecuencias.

El primer padre inca profetizó de después de cinco reyes, los ancestros dejarían de escuchar a su pueblo y su forma de vida terminaría. Los incas fundaron el imperio para mantener un flujo de sacrificios, suplicándole al ancestro que frenara el tiempo, que engañara al destino. El quinto rey, Atahualpa, fue arrastrado de su lecho en Cajamarca por los conquistadores españoles en 1532. Qin Shi Huang, el primer emperador de China obedeció una política brutal que empezó con la tradición china de la alquimia en búsqueda de un elixir de vida para que pudiera engañar a su propia muerte. Los faraones egipcios usaron pirámides y enterraron barcos y momificaciones bajo la esperanza de alcanzar la vida eterna. Una y otra vez, entre las civilizaciones autóctonas, vemos un deseo explícito desde sus mismas bases para engañar el ciclo natural de la vida y muerte, para transformarse en la única cosa en toda la historia que logre vivir para siempre, que tomó sin dar nada. Vemos ecos de ese mismo sentimiento en nuestra propia civilización hoy en día. Vemos a la tierra a nuestro alrededor como un recurso que debe explotarse; cuidar la tierra es, en el mejor caso, un acto de caridad. Incluso en la muerte, como acto final de odio, nos sellamos en cajas y envenenamos nuestros cadáveres con químicos que dilatan el mayor tiempo posible el momento para devolverle a la comunidad de la vida que nos alimentó, nos dio agua y aire para respirar y que nos apoyó en cada esfuerzo que llevamos a cabo.

Dichos esfuerzos no suceden sin consecuencias. Los ciclos de la vida no pueden engañarse para siempre. Mientras mayor sea el éxito de retrasar ese momento, peor serán las consecuencias. El colapso es un caso especial de sobregiro, y mientras aumente nuestro sobregiro, más drásticas serán las consecuencias. Pero no estamos sometidos a un ciclo eterno de complejidad y colapso. La complejidad que escala interminablemente debe terminar en un colapso que sea la consecuencia de dicha locura insostenible. Pero no estamos inherentemente locos y nadie nos obliga a escalar sin fin en la complejidad.

En realidad, como vimos en la tesis anterior, ese camino estará siempre abierto. El espectro del forrajero cubre desde los inuit, a los ¡Kung a los kwakiutl a los pigmeos. ¿Cómo es que no serán mucho más diversos los forrajeros del futuro? ¿Habrá hunos cabalgando a través de los planos de Kansas o una confederación iroquesa practicando la permacultura en Nueva York?

El futuro promete que nuestras vidas deben suceder como humanos, libres, con respeto como persona, con respeto entre iguales, sin sumisión a nadie. Promete una comunidad verdadera algo que la mayoría de nosotros jamás ha experimentado realmente. Promete una diversidad asombrosa de creencias, tradiciones, cultura y estilos de vida.

Durante diez mil años hemos estado atrapados en la retroalimentación positiva que conlleva el aumento en la complejidad. Nuestras vidas han sido creadas por las consecuencias de las acciones de nuestros ancestros, hemos tenido opciones reducidas para entrar nuestro camino en los confines que restringen nuestro destino. Esa fue la realidad sombría de nuestros padres, sus padres y esa es la realidad sombría que nos ha formado y criado hasta este momento. Pero ahora, el colapso está encima. Ya empezó. La opción es nuestra, ya sea que permanezcamos leales a la cultura que nos trajo y muramos con ella o ya sea que elijamos crear un futuro diferente, una cultura nueva. Con el colapso, el largo curso que hemos recorrido desde nuestros ancestros neolíticos llegará a su final, y seremos la primera generación en diez milenios que pueda retomar su propio destino. El colapso será la crisis más horrible que cualquier animal haya atravesado en el pasado, pero con él, también llegará la oportunidad de decidir nuestro futuro. Las posibilidades son ilimitadas; la diversidad que el futuro nos depara es infinita. Existe una astrología sorprendentemente diseminada entre las tribus americanas. La Vía Láctea se asocia con el “eje del mundo”, el Árbol del Mundo, el mismo arquetipo mitológico que los Norse Yggdrasil, el roble eslavo, o el ban yan hindú. El área de la Estrella Norte se considera “el Corazón del Cielo” o la puerta al inframundo. Cuando el sol se eleva en la Vía Láctea durante el solsticio de invierno, se dice que está ascendiendo por el Árbol del Mundo, para abrir la puerta del cielo y empezar una nueva era en el planeta. Fue esta interpretación astrológica que estableció el marco teórico de la profecía inca y la base del calendario maya. Curiosamente, los mayas predijeron el final de este cuarto mundo y el principio del siguiente, el quinto mundo justo en el evento astrológico del 2012. Para el 2012, si el cenit petrolero, calentamiento global o extinción masiva juegan un rol en el colapso de la civilización, ya estarán adentrados en el camino. Para el 2012 probablemente estaremos inmersos en una recesión mundial y guerra constante. Para el 2012 el colapso de nuestra civilización globalizada será innegable y aquellos de nosotros que deseen encontrar una forma de vivir deberían de ver en el principio del colapso el espacio suficiente para que nosotros hagamos eso. Para el 2012, curiosamente, la puerta al cielo estará bien abierta para quien dese atravesarla y crear el futuro.


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